Rousseau en la Generalitat.

Los fundamentos roussonianos del nacionalismo.

Rousseau Jouvenel

Rousseau es uno de los ejes de la Modernidad. La política de los últimos 250 años no puede entenderse sin su influencia, pues creó conceptos que siguen hoy vigentes. Decía Lord Acton que Rousseau era “el autor de la teoría política más fuerte que ha aparecido entre los hombres”.

Editorial Encuentro acaba de publicar un librito clásico de Bertrand de Jouvenel que resume muy bien el pensamiento de Rousseau y aclara muchos malentendidos. Allí se expone el origen roussoniano de muchos mitos modernos: la idea de emancipación, el protagonismo del sentimiento y el instinto sobre la razón, la comunidad política como fruto de un contrato, el papel corruptor de la sociedad, la alienación humana, el poder del Estado, y la infalible “voluntad general”. Como dice De Jouvenel, “enunciar todo lo que Rousseau ha preconizado es enunciar todo lo que la evolución social ha rechazado y condenado desde que él lo escribiera”. Por ejemplo, el nacionalismo.

La formulación del nacionalismo suele remontarse al romanticismo alemán y a la Revolución Francesa. Pero muchos de sus fundamentos los puso el filósofo ginebrino. A pesar de ello, al nacionalismo catalán no le gusta reconocer sus deudas con el autor del Emilio: no hace mucho, el Centre d’Estudis Jordi Pujol recomendaba el libro Els bons salvatges, de Ferran Sáez, que desvincula el nacionalismo de las teorías de Rousseau.

No obstante, hay muchas afinidades entre el pensamiento de Rousseau y el formulado por los ideólogos del nacionalismo catalán. En realidad, si el ginebrino se paseara por la Generalitat nacionalista encontraría muy bien formuladas varias de sus erróneas teorías políticas:

– El ideal de una utópica comunidad original, formada en la virtud y en la sencillez de sus costumbres. Esta comunidad natural, que haría al hombre naturalmente bueno, se habría ido corrompiendo; sería necesario restaurarla y recuperar su benefactor aislamiento. El relato nacionalista catalán explica la historia de Cataluña de manera similar: “Espanya” habría hecho mala a Cataluña, oprimiéndola y contagiándole su corrupción e indolencia. Ser parte de “Espanya” y aceptar la inmigración “espanyola” habría diluido nuestras virtudes de laboriosidad, austeridad y abnegación. Gracias al nacionalismo, Cataluña “tornarà a ser rica i plena” cuando regrese a su estado paradisíaco de 1714. El cura Armengol lo escribía así: “La idea dissolvent de la unidad española ens ha privat secularment de la pràctica de la llibertat individual i col·lectiva”. Hoy cualquier declaración de dirigentes nacionalistas expresa este pensamiento.

El “patriotismo” (entiéndase “nacionalismo”) como ligamento exclusivo de la Sociedad. Según Rousseau, el “patriota” desplaza al hombre como sujeto de la comunidad política. Cada particular ya no es uno; es parte de la unidad. El hombre deriva su existencia de la “nación”. Así piensa también Jordi Pujol: si Cataluña no sale de su decadencia abrazando el nacionalismo, “el hombre catalán quedará disminuido. Será un hombre delgado, de poco peso, de poca estatura, encogido. Será un pobre hombre”. E insiste: “Los hombres necesitan (…) tener una mentalidad y una coherencia. Necesitan una razón de ser (…) Todas estas necesidades del hombre las satisface la comunidad nacional (…) Un pueblo es un medio generador (…) Esta forma espiritual le es dada por la comunidad de la cual él es fruto y de la que se nutre (…) El hombre sobre el que no actúan eficazmente sus comunidades naturales (…) no tiene forma. No es nadie”.

Las instituciones tienen el deber de ejercer una acción pedagógica para enseñar al hombre que sus afectos deben dirigirse sólo a su comunidad. Rousseau lo explica así: “Las buenas instituciones sociales son las que mejor saben desnaturalizar al hombre, quitarle su existencia absoluta para darle una relativa y transportar el yo a la unidad común. (…) Quien se atreve a instituir un pueblo debe poder cambiar la naturaleza humana, para transformar a cada individuo (…) en la parte de otro todo mayor, del cual recibirá en cierto modo la vida y el ser (…) Es la educación la que debe dar a las almas la forma nacional y dirigir de tal modo sus opiniones y sus gustos para que sean patriotas por inclinación, por pasión, por necesidad. Un niño, al abrir los ojos, debe ver a su patria, y hasta su muerte no debe ver otra cosa (…) Cuando ya no tiene patria, deja de ser”.

Prat de la Riba diría algo similar: “El poble s’apodera dels homes y’ls penetra y’ls enmotlla y treballa desde que neixen fins que moren”. Su discípulo Pujol lo repetirá: la conciencia nacionalista “dará sentido a cada golpe de azada, a cada transacción comercial, a cada pincelada, a cada canción, a cada golpe de lanzadera, a cada página de estudio, a cada juego infantil”. Hay que llegar a “la existencia de una sola y única consciencia de pueblo catalán”Para conseguirlo, Jordi Pujol pidió hace unos meses “dissenyar” la educación como “eix del nou estat” para que sea “una estructura d’estat” que “impulsi competències ètiques”. Así, la “nació” se convierte en depositaria de la misión de “formar els nostres conciutadans amb aquells valors i competències que (…) li hem definit”. ¿Adivinan cuáles son?

Rousseau llevó estas ideas hasta sus últimas consecuencias, preconizando el despotismo del Estado y la democracia totalitaria.

¿Adónde nos llevará el nacionalismo?

dolca



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2 comentarios

  1. Molt bona entrada. Jordi, llegeix bé el títol i el text, no diu enlloc el que tu dius, més aviat està d’acord amb tu, i es fa la mateixa pregunta: per què el nacionalisme escampa tant ressentiment?

  2. Perquè tant ressentiment? No veieu que Rosseau a influit “tots” els nacionalismes, fins i tot l’espanyol?

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