¿Se puede explicar el independentismo sin nombrar el nacionalismo? César Molinas lo intenta.

cesar molinas

Probablemente, sólo es posible razonando desde una perspectiva economicista. Eso es lo que hace el barcelonés César Molinas, ex-Merryll Lynch, matemático y doctor en Economía. De economía y empresa sabe mucho. También de estrategia, y le interesa la geopolítica. En la superficie, su perspectiva “anglosajona” y tecnócrata de la política es refrescante; desgraciadamente, muchas veces flaquea en los principios.

Hace unos meses, Molinas dijo grandes verdades sobre lo que sucede en Cataluña: “La energía de Cataluña se pierde en construir una especie de Estado”, o “Barcelona está llevando muy mal ese proceso de independentismo, y está fomentando energía destructiva en lugar de constructiva”. Son verdades comprobables cada día en las calles catalanas.

Su último artículo en El País también tiene interés: Lo que no se quiere oír sobre Cataluña. Aunque afirma que sus argumentos “surgen de consideraciones geográficas e históricas que considero razonables”, en realidad la mayoría están influidos por su experiencia como ejecutivo de multinacional. Ha leído a Vicens Vives, pero lo interpreta bajo el prisma de las tesis geopolíticas de Kagan. Aquí aceptaremos su aportación principal, y rebatiremos su tesis de que dos factores estimulan el independentismo catalán: el europeísmo como hecho diferencial catalán, y la mentalidad menestral.

En primer lugar, Molinas pone el dedo en la llaga al señalar la cuestión estratégica de fondo en el problema independentista: España “necesita desesperadamente un proyecto nacional (…) No hay proyecto para afrontar la cuádruple crisis —económica, institucional, territorial y moral— que tiene gripada a la sociedad española (…) En el caso catalán el único proyecto político explícito es el independentista. En cierto modo, también es una manera de negar una crisis que afecta a Cataluña de manera muy parecida a la del resto de España. En cualquier caso, el proyecto independentista no es un proyecto integrador puesto que divide profundamente a la sociedad catalana en dos partes de tamaño similar y de convivencia complicada”.

El acierto de lo anterior es claro. No obstante, Molinas hace algunas afirmaciones poco rigurosas que asumen el relato nacionalista y debilitan su conclusión. No nos referimos sólo a hablar de “Cataluña” y “España” como dos sujetos diferentes; lo más grave es sugerir que el “europeísmo” y la mentalidad menestral de Cataluña son los impulsores del proceso secesionista; Molinas no menciona el nacionalismo en todo el artículo. Quizás porque para un matemático es difícil creer que las ideas tienen consecuencias.

Por una parte, el error principal de Molina estriba en creer que “el problema del encaje catalán en España es el del encaje de un pueblo norteño en un país sureño”. ¿Por qué? Según Molina, el hecho de ser parte de la Marca Hispánica convirtió a Cataluña en una puerta de entrada a Europa. El europeísmo sería el “hecho diferencial” de Cataluña, y explicaría que Cataluña, Baden-Württemberg, Rhône-Alpes o Lombardía se consideren “culturalmente más próximas entre sí que con otras regiones de sus respectivos países” (sic).

No se trata sólo de una exageración que ha propagado el nacionalismo y el ensayista asume. Molina -siguiendo a Kaplan y a Judt– entiende Europa como un eje económico entre Liverpool y Milán. Pero Europa no es eso; como decía Christopher Dawson, Europa es la conjunción de la razón griega, el derecho romano, la fe cristiana y el elemento nacional bárbaro. O como la definía Miterrand: “Europa acaba donde ya no hay monasterios cistercienses”. Entender el europeísmo como una actitud económica es reductivo y anacrónico. Es, quizás, el principal error del marxismo y el liberalismo. Cataluña en su conjunto nunca fue “europea” en ese sentido. Sólo en el imaginario nacionalista emerge la Cataluña productiva que subsidia a la “España” subvencionada.

Es todavía más grave obviar que la vocación histórica de Cataluña fue plenamente hispánica y se desarrolló al sur de los Pirineos, agrupándose en condados, uniéndose a Aragón, impulsando la Reconquista y estableciendo un imperio en el Mediterráneo oriental. Éste es el profundo pensamiento de Vicens Vives. Olvidarlo es asumir la tesis “carolingia” del nacionalismo, según la cual Cataluña tendría una vocación histórica diferente, dirigida hacia el norte porque tendría raíces carolingias. Pero lo cierto es que carolingios sólo fueron algunos de sus dirigentes condales. El pueblo fue hispanorromano, como en el resto de España. Y su vocación, plenamente hispánica.

Por otra parte, para Molinas Cataluña tendría además un problema de carácter: seguiría siendo una sociedad de mentalidad menestral “cuyas raíces se remontan a la baja Edad Media”. La mentalidad menestral consistiría en “trabajo, sentido práctico de la vida y limitación de horizontes (…) Nostalgia de un medioevo idealizado, el gusto por una fuerte regulación de la sociedad y de la actividad económica (…) Falta de ambición para proponer un proyecto capaz de integrar a todos los catalanes y, también, a todos los españoles (…) Cataluña no tiene grandes empresas con proyección global y no las tiene por falta de ambición, no porque esté oprimida o expoliada”.

Sin embargo, ¿corresponden estos atributos a la mentalidad menestral, o a su degeneración en ideología nacionalista? ¿Mantiene hoy Cataluña su tradicional laboriosidad y dinamismo, o son sólo una parte de un relato ideológico? Sin tener en cuenta la influencia del nacionalismo no pueden explicarse satisfactoriamente las dinámicas que tienen lugar en la Cataluña actual.

En conclusión: la aportación de César Molina al debate es muy sugestiva. No obstante, el silenciamiento de los factores ideológicos, quizás derivado de un sesgo economicista, impide a Molina entender las dinámicas profundas de la sociedad catalana. No estamos sólo ante una cuestión económica Norte / Sur, o de mentalidad. Nos encontramos ante un movimiento nacionalista que usa todos los resortes a su alcance para imponerse en Cataluña, y que encuentra su réplica en cierto jacobinismo liberal en algunas partes de España. Todo ello -como afirma Molinas– envuelto en una galopante crisis económica, institucional y moral, que cataliza este proceso ideológico.

Las ideas tienen consecuencias; ignorarlo, también.

dolca



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