Un ruso nos lo recuerda: «el nacionalismo es una herida directa a la nación»

Lección magistral sobre patriotismo, nacionalismo y cosmopolitismo.

Vladimir Soloviev era hijo del rector de la Universidad de Moscú. Ortodoxo, en la adolescencia leyó a los idealistas alemanes y se hizo ateo. La sequedad del ateísmo le duró poco y regresó a la fe de su niñez; desde entonces una de sus preocupaciones fue facilitar la unidad de la Iglesia. Viajó por Europa y recorrió algunos países de Oriente. De vuelta a Rusia se enfrentó a la nueva eslavofilia, una degeneración nacionalista del patriotismo ruso; nadie le igualó en puntería y profundidad en la Rusia finisecular del XIX.

En su libro La justificación del bien reflexiona sobre la qüestió nacional des del punt de vista de la moral, i hi fa una consideració sobre el nacionalisme i el cosmopolitisme que cal tenir en compte:

«La relación del hombre con la nacionalidad está en nuestro tiempo generalmente determinada de 2 modos: como nacionalista o como cosmopolita. (…) El primero podría formularse así: debemos amar a nuestra propia nación y servirla con todos los medios a nuestro alcance, y podemos sentir indiferencia por otras naciones. Si sus intereses están en conflicto con los nuestros, debemos adoptar una actitud hostil hacia las naciones extranjeras. La esencia de la visión cosmopolita es esta: la nacionalidad solo es un hecho natural, vacío de toda significación moral; no tenemos ningún deber hacia la nación como tal (ni hacia la nuestra ni hacia ninguna otra); nuestro deber es solo hacia los hombres individuales, sin distinción alguna de nacionalidad».

Nacionalisme o cosmopolitisme? Què n’opina Soloviev?

«Ninguna de esas visiones expresa la actitud correcta hacia el hecho de la diferencia nacional. La primera otorga a este hecho una significación absoluta que no puede poseer, y la segunda la despoja de significación (…) ¿Acaso el amor al propio pueblo necesariamente implica que todos los modos de servirle están permitidos, y justifica una relación indiferente y hostil hacia las otras naciones? ¿Acaso la misma relación moral con todos los seres humanos significa necesariamente indiferencia por la nacionalidad en general, y por la propia en particular?»

O sigui, que ni nacionalisme ni cosmopolitisme són formes correctes d’entendre el paper de la nació. En concreto, mire la genialidad de Soloviev describiendo el nacionalismo:

«La nacionalidad no puede ser el fin último, el mayor bien y el referente del bien de la actividad humana. Esa glorificación indebida es puramente ilusoria, y realmente degrada a la nación. (…) es una herida directa a la misma nación que deseamos servir. Significa servir al egoísmo nacional bajo el disfraz de servir a la nación. El desvalor de este nacionalismo está demostrado por la historia. Hay muchas pruebas de que las naciones prosperaron y fueron grandes solo en cuanto no hicieron de sí mismas su fin, sino que sirvieron a fines ideales más altos y universales. La historia también demuestra que la  misma concepción de la nación como el portador final y último de la vida colectiva de la humanidad es infundada».

Para explicarnos cómo el verdadero patriotismo se diferencia del nacionalismo, Soloviev nos cuenta el caso italiano de la Liga Lombarda en el siglo XII:

«No consideraban verdadero y bello afirmarse a sí mismos y su nacionalidad, sino que directamente se afirmaban a ellos mismos en lo que es verdadero y bello. Sus obras no eran buenas porque glorificaban a Italia, sino que glorificaban a Italia porque eran buenas en sí mismas, buenas para todos. (…) Mientras la tarea creativa nacional alcanzaba lo más alto, los italianos no estaban obviamente preocupados por quedarse Italia para ellos (…), sino solo con cosas que les hicieran ser algo para otros y les diera una significación universal. Les importaban las ideas objetivas de la belleza y el bien, que a través de su espíritu nacional recibieron una nueva y valiosa expresión».

No és pas fabulós? Esto, dolços, es el patriotismo. Esto es el verdadero amor a la nación, que no es absoluto y es solo consecuencia de un amor previo a lo bueno, lo bello y lo verdadero.

I ara anem a la Reichpubliqueta que ens han muntat, donde impera el relativismo, el bien es lo que enriquezca al poderoso en cada momento, la verdad la dicta TV3% y la belleza son las canciones de Lluís Duermeberberechos Llach. Por eso no puede haber patriotismo. Por eso hay nacionalismo.

Hora de superar-ho per fer-nos universals.

Dolça i nacionalista Catalunya…



Categories: Pensando bien

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2 comentarios

  1. Es que si bien todos pertenecemos a un grupo, por nuestra naturaleza humana, y tenemos que colaborar para que funcione y ganemos todos, eso no significa que la persona deba estar sometida al grupo -o, mejor dicho, a la persona que tiene el poder y lo legitima en nombre del grupo-.

    De todas formas yo veo que una de las razones por las que nos desintegramos en un grupo y dejamos de pensar es porque creemos que somos una m* y que si vendemos el alma a ese grupo, dejaríamos de ser una m* para ser miembros de la gloriosa nación X.

    Naturalmente no es verdad:

    Siendo todos hijos de Dios y hermanos en Cristo, nadie es superior ni inferior a otro y nadie es mejor si se apunta a un grupo o si se desintegra en un grupo.

    Sería mejor que empezasemos a exigir a estos acomplejados de inferioridad que o van al psicólogo o nos dejan en paz.

  2. Con Stalin y Hitler el nacionalismo nos llevó a la m. , menos mal que en Cataluña siempre ha fracasado.

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