Víspera de Navidad, 190…

San Felipe Neri

“Yo recuerdo haber ido aún de la mano de mi padre por la calle de Baños Nuevos, hacia Fernando y Aviñó, y sentir entonces, al volver hacia la bajada de San Francisco -que, andadas así las calles, no era bajada sino subida-, un súbito y penetrante olor a cerería, filtrado hasta allá desde la calle del Obispo por las rendijas del hormiguero urbano del lado siniestro de la Catedral. Era impresionante ese merodeo en la víspera de Navidad, por la Barcelona que empezaba a ser llamada antigua. La plaza de San Felipe Neri, ese patio, diminuto puerto de paz y zaguán de beatas, ese tramo que hay que ver bajo la luna, cuyo hálito olerá intensamente a incienso, se hallaba tan solitario que daba miedo. Y si en lugar de ir hacia ella se seguía por la de Aviñó en dirección a la calle Ancha, entraba en los pulmones un remolino de aire de mar, un olor a brea, un sabor a sal, un espejar de charol de puerto; y un presagio de los acordeones de malecón, de cordamenta de guitarra tensa en las jarcias de los bergantines.

Ya de retorno era de rigor pararse en un establecimiento de turronería propiedad de un alicantino, situado en el quicio de una de las porterías de la calle de Aviñó. Allí hacíamos acopio de los turrones de Jijona, jugosos como miel, que los de crema provendrían del Forn de Sant Jaume. Era como si lleváramos las Navidades empaquetadas en la mano. Aquellos turrones, cautelosamente rebanados, iban a durar hasta mucho después, hasta la última de las fiestas. Se entroncaría su perfume con la ilusión de los juguetes en el día de Reyes, y su último sabor en el paladar sería destronado por el sabor agrio del retorno al colegio, el 7 de enero”.

Ignacio Agustí, 23 de diciembre de 1944 (Destino, nº388).

DC Navidad



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