España no es una marca, señores de Madrid.

“Marca España”: así ven España los políticos, y así nos va.

EScudo sin barras

En los despachos de Madrid se preocupan de que España guste fuera. Para eso han creado la “Marca España”. Dicen que Marca España es “una política de Estado fruto del consenso para mejorar la imagen de nuestro país”, en la que “deben primar los términos económicos”. También hablan de fútbol.

Una marca es una denominación comercial que sirve para vender. Se crea una plataforma de marca; se establecen los valores de la misma: centrales, expresivos e instrumentales; se le dota de una personalidad y de un tono de comunicación; se fija cómo queremos que nos perciba el consumidor; se busca un nombre que comunique lo anterior; se diseña el envoltorio del producto y su campaña de comunicación. Y a vender.

Pues a lo mejor lo que hace falta es que España guste dentro. Así que desde Cataluña les decimos que España no es una marca, señores de la Carrera de San Jerónimo. España es un conjunto de pueblos unidos para decir una palabra al mundo, una palabra necesaria y que ninguna otra gente puede formular, una palabra que el mundo necesita para ser mejor. Cada nación ha venido al mundo para mejorarlo con su contribución singular.

Así que, señores políticos, déjense de ideologías y dediquen sus esfuerzos a responder a la siguiente pregunta: ¿Para qué vino España al mundo?. Y háganlo con ilusión.

Si no alcanzan un consenso, vayan a la historia. Si no se ponen de acuerdo, miren juntos el escudo de España. No es un logotipo. Verán los cuarteles de los reinos que reconquistaron España al invasor musulmán, soñando durante 800 años recrear la unidad española que nos dio Roma y los bárbaros conservaron. Verán las torres de Castilla, las zarpas de León, los cuatro palos de gules de Aragón. Verán las cadenas que el rey navarro conquistó a Miramamolín en las Navas de Tolosa. Verán la Granada con que culminó la lucha por recobrar la unidad hispánica. Verán los escudos, en fin, de los reinos que a su vez reunieron a condados y principados. Verán una catequesis de unidad en la diversidad.

Allí verán también dos columnas: el estrecho de Gibraltar. Están superadas por una corona real y otra imperial, pues España -sin pedirlo- se desgastó siendo el trono de un imperio que procuró la unidad europea. Verán una cinta que junta las columnas con las palabras “Plus ultra”, porque hubo un tiempo en que nuestros padres creyeron que sí que se podía ir más allá de donde nadie se atrevía. Y lo hicieron, y unificaron el planeta, con los aciertos y errores propios de la naturaleza humana.

Miren, señores políticos, y verán los tres lises de oro de la monarquía que une los reinos de España. Y la corona de un rey sobre el conjunto. Y, culminándola, una breve cruz, símbolo de unidad de lo horizontal y lo vertical, y recuerdo del amor del Rey de reyes.

Eso es España, señores políticos. Y la palabra que debe seguir diciéndole al mundo estará probablemente en consonancia con su ser. Será, probablemente, una voz de diversidad y de constructiva unidad. Una voz de esfuerzo y perseverancia en conseguir esa unidad. Una palabra de osadía, exploración y de nuevo unidad con otros mundos. Una palabra de alabanza a la forma monárquica que nos ayudó siempre a lograr esa unidad. Y, finalmente, una palabra de agradecimiento a la fe que nos movió a lograr todo lo anterior, sabiendo que el sentido de la vida sobrepasa lo mudable, que a todos nos alcanza la justicia, que nadie se salva a sí mismo, que todas las almas valen igual, y que la verdadera riqueza no se acumula en la tierra. Que la más perfecta unidad, en fin, es la unidad en el Amor.

Esto es España, señores políticos, y Cataluña es lo mismo. Y para esparcir esta palabra de unidad vino España al mundo. Díganlo bonito, adórnenlo, háganlo ilusionante. Pronúncienlo en todas las lenguas de España. Ocúpense de construir concordia, unidad y amistad. Pero no nos digan que España es una marca que hay que vender. Porque a lo mejor a muchos eso no nos ilusiona, y quizás vayan asomando jirones en los cuarteles de nuestro escudo.

dolca



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