Carod Rovira, Pujol y los malos catalanes

Al final volvemos a lo de siempre: exclusión y “nació” identitaria.

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Carod Rovira nos ha regalado un nuevo exabrupto que Markus Pucnik no ha dudado en calificar de “protofascista”. Carod, y en el fondo todos los nacionalistas, se creen con el derecho de dictaminar quiénes son los buenos catalanes (básicamente ellos) y quiénes somos malos catalanes (y, en consecuencia, traidores a los que se puede -mejor aún, se debe- silenciar, castigar y, en última instancia, si persisten en su traición y no se arrepienten, eliminar).

Este asunto ya se veía venir. Félix Ovejero, profesor de la Universidad de Barcelona, lo abordó en un artículo en El País en el que advertía de la irresponsabilidad de adoptar, inadvertidamente, el lenguaje nacionalista, que identifica catalán con nacionalismo, algo a todas luces disparatado (de hecho, los catalanes que en la historia real han hecho más por Cataluña han sido casi invariablemente no nacionalistas). Escribía Ovejero: “Así hablamos de “el grupo catalán” o “los catalanes” para referirnos a los nacionalistas. Incluso muchos no dudan en calificar como “anticatalanes” a los críticos del nacionalismo.

Pero sigamos con el citado artículo y su disección de las contradicciones en que incurre el nacionalismo y su extraño empeño en “extender la conciencia nacional”: “Ese es el núcleo de su programa y el punto de partida de la madeja de paradojas a las que se enfrenta, al menos, mientras suscriba una idea voluntarista de nación, según la cual existe una nación cuando un conjunto de individuos creen que son… una nación (o tiene voluntad de serlo). Porque la política nacionalista de extender la conciencia nacional solo tiene sentido bajo el supuesto de que los individuos no creen que son una nación y, eso, en virtud de la idea de nación, quiere decir que no constituyen una nación, que no existe la nación que el nacionalismo invoca. Vamos, que si se apuesta por el nacionalismo no hay nación. Y si, por otra parte, se sostiene que hay una nación, esto es, que los de por allí creen que son una nación, entonces lo que no tiene sentido es el nacionalismo, la extensión de la conciencia nacional.” Parece un trabalenguas pero no lo es. O existe ya una nación, y entonces no es necesario el proyecto nacionalista de crear conciencia nacional, fer país que diría Pujol, o la propia política nacionalista es el reconocimiento de que esa nación no existe, es un producto artificial de un voluntarismo político que necesita de constantes dosis de adoctrinamiento para mantener viva esa entelequia.

Ovejero explica las vías que pueden tomarse para intentar superar esta contradicción:

La paradoja se puede intentar salvar por tres caminos: desvincular el nacionalismo de la extensión de la conciencia nacional; fundamentar la nación en algo distinto a la voluntad, en algo objetivo, en la lengua, la raza, en la etnia o la identidad; asumir que los individuos están alienados e ignoran cuál es su verdadera nación. La primera desactiva al nacionalismo. Las otras dos, que salvan al nacionalismo como movimiento político, nos devuelven a la idea de nación de Jordi Pujol.”

Algunos han intentado presentar la causa secesionista como un problema convencional de derechos: “Los miembros de una comunidad política se pueden agrupar según distintos criterios: sexo, color de la piel, religión, nivel de renta, edad. Casi todos ellos dan pie a experiencias compartidas, pero de ahí no se deriva ninguna legitimidad especial como grupo. La justificación de su acción política común existe solo cuando, en virtud de sus rasgos, se ven privados de derechos, como sucedió con los movimientos de derechos civiles. En ese caso, su objetivo político atendible consiste en convertirse en ciudadanos como los demás, no en ciudadanos aparte. Si esa posibilidad se les niega, se justifica su ruptura con la comunidad política y sus decisiones. De ahí mismo arranca el reconocido derecho a la secesión (remedial seccesion) de territorios no ocupados: una violación persistente de derechos humanos básicos. La secesión no se sostiene en la simple voluntad de separarse, sino en ausencia de democracia o injusticia. Si hay democracia, no cabe la secesión. Más exactamente, la secesión hace imposible la democracia: si yo me marcho porque no me gusta lo que todos hemos decidido, no hay decisión verdaderamente democrática.” Este camino, que explica porqué se empeñan los nacionalistas en presentar a España como opresora y sustancialmente injusta, muestra claros síntomas de agotamiento. Nadie, a nivel internacional, pica. Es sumamente difícil presentar el caso de Cataluña, integrada en una democracia occidental equiparable a las de su entorno, como un caso de violación sistemática de derechos humanos básicos. La manipulación tiene un límite, en especial cuando se cruzan los Pirineos.

Quedan pues las dos opciones antes señaladas por Ovejero: “La segunda, cimentar la ciudadanía en la identidad, plantea muchas dudas acerca de la calidad moral del nacionalismo. La ciudadanía no está vinculada al cumplimiento de la ley, sino a un contenido esencial: se es ciudadano solo en la medida en que se comparten ciertos rasgos. Hay ciudadanos de primera, más puros y otros de peor calidad, en la medida que comparten menos rasgos que han de “integrarse” (sin estropear la pureza). De ahí se siguen con naturalidad la exclusión, la simple descalificación —como conciudadanos— de los discrepantes (“antipatriotas”) y cosas peores. Es la que asume Pujol, una idea inquietante, pero consistente.” Es también la que ha recuperado ahora Carod Rovira.

Por último, “La tercera posibilidad coloca al nacionalismo en la frontera de la contradicción: los individuos creen que son una nación, pero ignoran que lo creen o, en otra versión, niegan ser lo que verdaderamente quieren ser. Tendrían una suerte de “voluntad nacional inconsciente (o latente)” que los nacionalistas, al alentar la “conciencia nacional” y recordar al grupo que “constituye una nación”, intentarían recuperar. En principio, no es imposible que uno no sepa lo que realmente es o hasta que pretenda negarlo. En una película de Douglas Sirk, una hija de negra, con pinta de blanca, se empeña en ignorar su condición. Eso sí, para que ese guión tenga sentido hay que precisar cuál es la “verdadera identidad”, dotar de contenido a lo que no se quiere ser, pero se es. Se puede decir, por ejemplo, que mi propia lengua no es mi lengua propia, la verdadera: una idea absurda, pero inteligible. En todo caso, la operación no sale gratis. Cualquier intento de salvar esos desbarajustes requiere abandonar la retórica democrática o voluntarista y recalar en la nación étnica o identitaria: hay que precisar qué es lo que realmente se es o que es lo que se quiere que se sea (“es catalán todo aquel que vive y trabaja en Cataluña y quiere ser…. catalán”): la identidad genuina.

Concluye Ovejero advirtiendo de lo que va a venir: “Como se ve, el nacionalismo, como movimiento político, tarde o temprano, se ve obligado a prescindir de toda decoración democrática o voluntarista. Vamos, lo de Pujol otra vez. El nacionalismo sin paradojas. El único camino. El de siempre.”

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Categories: Huid del nacionalismo, Mejor juntos, Pensando bien, Pujol & family

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3 comentarios

  1. DolÇa Cat, creo que haces por Cataluña mucho más que Jcm y sus huestes, gracias por tus aportaciones

  2. Absurdo rizo del rizo. En Cataluña un grupo de gente cada vez mas numeroso cree que es mejor vivir sin depender de Madrid que continuar como hasta ahora, a pesar de que claramente vamos a empeorar nuestra situacion economica a corto plazo.
    Y desde España la única respuesta es cortoplacista, miope y torpe.
    Y ya esta. Ni exclusion, ni fascismo ni rollos.
    Por cierto, espero que pase su censura, desgraciadamente mis comentarios, sempre respetuosos no llegan a Buen puerto.

  3. Excelente artículo de Ovejero, analaizando a fondo y desenmascarando con precisión y rigor el fondo “inquietante” del nacionalismo separatista. Y no menos bueno el comentario de Markus Pucnik que he pinchado en el enlace y que valdría la pena colgar también.

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